Simbad el Marino: adaptación del cuento anónimo
Las Aventuras de Simbad el Marino
En la gran ciudad de Bagdad, llena de mercados bulliciosos y callejones estrechos, vivía un joven cargador. Cada día, desde el amanecer hasta la noche, transportaba pesadas cajas y sacos por las calles polvorientas. Aunque trabajaba sin descanso, apenas ganaba lo suficiente para comprar un poco de pan y pescado seco.
Una tarde, después de una larga jornada, se sentó frente a una enorme casa con puertas doradas y altos ventanales. Suspiró profundamente y se lamentó en voz alta:
—¡Trabajo tan duro y no consigo nada! Mientras unos viven en la abundancia, yo apenas tengo para comer. ¡Qué injusta es la vida!
Desde dentro de la lujosa casa, un anciano sabio llamado Simbad escuchó los lamentos del joven. Movido por la compasión, abrió la puerta y le dijo con una sonrisa:
—Ven, muchacho, acompáñame a cenar.
El joven, sorprendido por la invitación, aceptó sin dudar. Al entrar en la casa, quedó maravillado. Había alfombras suaves, lámparas brillantes y mesas repletas de manjares exquisitos. Nunca en su vida había visto tanta riqueza junta.
—¡Este lugar es increíble! —exclamó el joven.
Simbad sonrió y asintió.
—Sí, es cierto. Pero quiero que sepas que esta fortuna no llegó a mí sin esfuerzo. Todo lo que tengo es resultado de años de lucha y valentía. Déjame contarte cómo lo conseguí.
El Primer Viaje de Simbad
Mientras compartían una deliciosa cena, Simbad comenzó a narrar su primera gran aventura.
—Cuando era joven, heredé una gran fortuna. Pero gasté mi dinero sin pensar, derrochándolo en placeres y lujos. Pronto me encontré sin nada. Entonces, decidí hacerme marinero y buscar mi propio destino.
El joven escuchaba con atención mientras Simbad continuaba:
—En mi primer viaje, navegamos durante días hasta llegar a lo que parecía una isla en medio del océano. Bajamos a tierra firme para descansar y encendimos un fuego. Pero, de repente, la isla comenzó a moverse… ¡No era tierra, sino el lomo de una ballena gigante!
El joven abrió los ojos con asombro.
—¡No puede ser! ¿Y qué hiciste?
—Caí al agua y creí que todo estaba perdido. Pero logré aferrarme a un barril flotante que me llevó a una ciudad desconocida. Allí tuve que ingeniármelas para sobrevivir hasta que finalmente encontré un barco que me llevó de regreso a Bagdad.
Cuando terminó su relato, Simbad sacó una bolsa de monedas y se la entregó al joven.
—Toma estas cien monedas de oro. Vuelve mañana y te contaré otra historia.
El joven no podía creerlo. Salió de la casa con el corazón lleno de emoción y se fue al mercado, donde compró un gran festín.
El Segundo Viaje de Simbad
Al día siguiente, el joven regresó a la casa de Simbad, ansioso por escuchar más aventuras. Tras otra espléndida cena, Simbad continuó su relato.
—En mi segundo viaje, llegué a una isla extraña. Mientras exploraba, encontré un enorme huevo. Era tan grande que parecía una piedra blanca. Me acerqué con curiosidad, pero en ese momento apareció un ave gigantesca y me atrapó con sus enormes garras.
—¡Eso suena aterrador! —exclamó el joven.
Simbad asintió.
—Lo fue. El ave me llevó volando hasta un valle lleno de diamantes. Al caer, me lastimé, pero también descubrí que el suelo estaba cubierto de preciosas gemas. Usé mi ingenio para salir de allí y, con algunos diamantes en el bolsillo, logré encontrar el camino de regreso a casa.
Al terminar su relato, Simbad le entregó otras cien monedas de oro.
—Vuelve mañana y te contaré más.
Más Aventuras y Lecciones
Noche tras noche, el joven volvía a escuchar historias aún más increíbles. Simbad le habló sobre la vez que enfrentó a un gigante de un solo ojo, que devoraba a los marineros de su tripulación. Pero, gracias a su astucia, logró cegar al monstruo y escapar. También le contó sobre una isla habitada por diminutos hombres, sobre barcos encantados y sobre tesoros escondidos en tierras lejanas.
Cada noche, Simbad le regalaba cien monedas de oro.
Después de siete días, cuando el joven ya había recibido setecientas monedas, Simbad le habló con seriedad.
—Ahora sabes que todo lo que tengo lo conseguí con esfuerzo, valentía y sabiduría. El destino no se construye con quejas, sino con determinación. Usa bien este dinero. No lo malgastes. Emprende tu propio camino con inteligencia y trabajo duro.
El joven, agradecido, entendió la lección. No gastaría su oro sin pensar. Lo ahorraría, lo invertiría y trabajaría con dedicación para tener una vida mejor.
Desde ese día, el joven cargador dejó de lamentarse y comenzó a construir su propio destino, recordando siempre las palabras del sabio Simbad el Marino.
FIN