Rapunzel: adaptación del cuento de los hermanos Grimm
Había una vez un matrimonio que vivía en un pequeño pueblo, al pie de una colina. Soñaban con tener un hijo y, después de mucho esperar, la esposa finalmente quedó embarazada. Pero algo extraño ocurrió: desde su ventana, la esposa veía un jardín misterioso del otro lado de la colina, custodiado por una bruja temida. En ese jardín, crecían unas plantas verdes llamadas rapónchigos que ella comenzó a desear mucho.
Una noche, la esposa le dijo a su esposo con ojos llenos de lágrimas:
—Si no como rapónchigos de ese jardín, me temo que moriré.
Su esposo, preocupado y amoroso, saltó el muro del jardín prohibido y, a pesar del miedo, arrancó algunos rapónchigos y regresó con ellos. Al comerlos, la esposa se sintió aliviada, pero su deseo por las plantas crecía cada día más.
—Necesito más rapónchigos, por favor —le rogó a su esposo días después.
Con el corazón apesadumbrado, el esposo volvió al jardín, pero esta vez la bruja lo estaba esperando.
—¿Cómo te atreves a robar de mi jardín? —susurró la bruja con voz helada.
Tembloroso, el esposo cayó de rodillas y confesó:
—Por favor, perdóneme. Mi esposa está embarazada y sin estas plantas, algo malo le pasará. Solo quiero protegerla a ella y a nuestro bebé.
—Te perdonaré, pero a cambio, cuando nazca tu hijo, será mío —, sentenció la bruja.
El esposo, sin saber qué más hacer, aceptó el trato, y regresó a casa con el corazón roto debido al pacto con la bruja.
Meses después nació una niña de ojos brillantes y cabello dorado como el sol. La llamaron Rapunzel, por las plantas que permitieron su llegada. Sus padres estaban felices, aunque recordaban con temor el pacto hecho con la bruja.
Cuando Rapunzel cumplió un año, la bruja apareció para llevarse a la niña, cumpliendo su amenaza. A pesar de los ruegos de los padres, la bruja se llevó a la pequeña a una torre oculta en un bosque oscuro, donde no había puertas ni escaleras, solo una ventana. Allí, Rapunzel creció sola, con la bruja como única compañía.
A medida que Rapunzel crecía, también lo hacía su cabello. Era un dorado brillante, como el sol reflejado en un río cristalino, y con el tiempo llegó a ser tan largo que cubría todo el suelo de la pequeña habitación en la torre. Rapunzel miraba a menudo por la pequeña ventana de su torre, preguntándose cómo sería el mundo más allá de esos densos bosques que la rodeaban.
Cada vez que la bruja venía a visitarla, se paraba al pie de la torre y gritaba:
—¡Rapunzel, deja caer tu cabello!
Rapunzel obedecía, lanzando su brillante trenza por la ventana, y la bruja la trepaba como si fuera una cuerda viva.
A medida que los días pasaban, el deseo de Rapunzel de ver más allá de las paredes de la torre crecía. Cantaba a los árboles y al cielo, preguntándose si alguien más escucharía su voz. Sin saberlo, su vida estaba a punto de cambiar, pues alguien en el bosque ya había escuchado su canto.
Un día, mientras el sol se ponía, un joven príncipe cabalgaba cerca de una torre en busca de tranquilidad. Al escuchar una dulce canción desde la torre, siguió el sonido hasta encontrarla, solitaria en el bosque. Al día siguiente, regresó y vio a una mujer subir por una trenza dorada que caía desde la ventana. Esa noche, el príncipe decidió intentar subir de la misma manera.
—¡Rapunzel, deja caer tu cabello!
La trenza bajó y el príncipe trepó hasta encontrarse con Rapunzel, que estaba sorprendida de ver a alguien que no fuera la bruja.
—¿Quién eres? —preguntó ella.
—Soy un príncipe. Escuché tu canto y quise conocerte —respondió él.
Rapunzel, nunca había visto a nadie más que a la bruja, pero algo en el príncipe le inspiraba confianza. Hablaron durante horas, y él le contó sobre el mundo exterior. Rapunzel quedó maravillada, imaginando cómo sería experimentar todo lo que el príncipe describía.
El príncipe prometió volver y así lo hizo, noche tras noche, formando una amistad que pronto se convirtió en un profundo cariño. Pero mientras su amistad crecía, también lo hacía el peligro de ser descubiertos por la bruja.
Con el paso del tiempo, ambos se dieron cuenta de que no podían seguir ocultando lo que sentían. Una noche, mientras las estrellas titilaban en lo alto, el príncipe le pidió que se casara con él y Rapunzel lo aceptó feliz.
Sabían que debían escapar de la torre y el príncipe propuso un plan:
—Te traeré seda cada vez que venga. Podrás tejer una cuerda para bajar de la torre y escaparemos juntos.
Comenzaron a preparar todo en secreto, soñando con el día en que finalmente serían libres y juntos fuera de la torre.
Con el tiempo, Rapunzel y el príncipe se sentían cada vez más cerca de alcanzar su libertad. La cuerda de seda estaba casi lista y Rapunzel soñaba con el día en que saldría de la torre. Pero un día, mientras Rapunzel peinaba su largo cabello, comenzó a hablar distraídamente delante de la bruja.
—A veces es tan difícil subir por mi cabello… el príncipe nunca me hace tanto daño cuando trepa por él —dijo Rapunzel distraídamente.
La bruja se quedó en silencio, luego su rostro se torció de ira.
—¿El príncipe? —preguntó con voz venenosa.
Rapunzel trató de corregir su error, pero era demasiado tarde. La bruja, furiosa, le cortó el cabello con unas tijeras y arrastró a Rapunzel a un lugar desolado y vacío.
—Nunca saldrás de aquí. Ni tu príncipe ni nadie vendrá a salvarte —dijo la bruja antes de desaparecer.
Mientras tanto, la bruja esperaba al príncipe en la torre. Cuando él llamó, ella dejó caer el cabello cortado de Rapunzel. El príncipe trepó, pero en lugar de encontrar a Rapunzel, vio a la bruja quien lanzó un maleficio sobre el príncipe, cegándolo instantáneamente.
— ¡Rapunzel está en un lugar del que nunca podrá escapar. No volverás a verla! —, dijo con crueldad, mientras el príncipe cayó de la torre, lastimándose al chocar con el suelo. Sin poder ver ni orientarse, vagó por el bosque, guiado solo por su desesperación, llorando la pérdida de su amada y creyendo que jamás la volvería a encontrar.
A pesar de todo, el príncipe no se rindió y decidió buscar a Rapunzel por el mundo, guiado por el amor que sentía por ella. Vagó por bosques, alimentándose de lo que encontraba y siempre esperando encontrarla. Aunque ciego, su amor por Rapunzel lo mantenía en pie, convencido de que algún día la volvería a ver. Mientras tanto, Rapunzel también soñaba con reencontrarse con él, sin saber que él la buscaba sin descanso.
Pasaron años desde que el príncipe fue cegado y desterrado. Aunque ciego, seguía lleno de esperanza, recordando la dulzura de Rapunzel y su amor. Mientras, Rapunzel vivía en un desierto solitario, sobreviviendo con lo poco que encontraba y el recuerdo del príncipe.
Un día, mientras Rapunzel recogía agua, escuchó una voz familiar en la distancia. Era el príncipe que, sin saberlo, había llegado al borde del desierto. Rapunzel corrió hacia la voz y, al encontrarse, se abrazaron emocionados.
—¿Eres realmente tú? —preguntó el príncipe.
—Sí, soy yo. Te he esperado todos estos años —respondió Rapunzel, llorando.
En ese reencuentro, las lágrimas de Rapunzel cayeron sobre los ojos ciegos del príncipe y, milagrosamente, su vista comenzó a volver. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue a Rapunzel, y juntos decidieron regresar al reino del príncipe.
Una vez en el reino, se casaron en una gran celebración y vivieron felices, rodeados de amigos y familiares. El príncipe y Rapunzel compartieron un amor fuerte, superando la oscuridad y la separación, y su historia de amor se convirtió en leyenda.
FIN