Cuento: El misterio de las sombras danzantes
Era la tarde de Halloween en la escuela primaria de Vallequieto, y el gimnasio estaba lleno de emoción. Lucas, vestido de pirata, ayudaba a colgar telarañas en el techo a su mejor amiga Marta, que estaba disfrazada de hada brillante.
—¡Esto será épico! —dijo Marta con una sonrisa, ajustando sus alas.
Cuando las luces principales se apagaron y sólo quedaron las calabazas iluminando el lugar, la música comenzó. Todos los niños corrieron a la pista de baile. Pero Lucas, siempre observador, notó algo extraño.
—Marta, mira eso —susurró, señalando algunas sombras que bailaban solas, como si tuvieran vida propia.
Los dos se acercaron lentamente, y otros niños se unieron, murmurando curiosos. Las sombras no eran como las normales: bailaban, giraban y parecían divertirse tanto como los niños.
—¿Son fantasmas? —preguntó un niño astronauta con voz temblorosa.
—No lo sé, pero vamos a averiguarlo—, respondió Lucas.
Las sombras parecían notarlos. Una de ellas se detuvo frente a Lucas, haciendo un movimiento como si lo invitara a seguirla.
—¡Nos está guiando! —exclamó Marta emocionada.
Con la valentía de un pirata y la magia de un hada, los dos lideraron al grupo hacia la esquina del gimnasio, donde las sombras comenzaban a formar algo más. No sabían qué les esperaba, pero estaban listos para descubrirlo.
Lucas, Marta, Ana, Diego y Sofía siguieron a las sombras hasta el borde del gimnasio, donde parecían formar un círculo. La música suave y las luces parpadeantes hacían el ambiente aún más misterioso.
—¿Qué crees que están haciendo? —susurró Sofía, fijando sus ojos en las sombras que parecían moverse en armonía.
Antes de que alguien pudiera responder, una sombra se deslizó hacia ellos, como si los estuviera invitando. Hizo un pequeño giro, luego una reverencia exagerada.
—Creo que… ¡quieren que bailemos con ellas! —exclamó Marta, con una mezcla de emoción y nervios.
—¿Bailar con sombras? —dijo Diego, levantando una ceja. Pero cuando la sombra extendió lo que parecía ser una «mano» hacia él, no pudo resistirse y la tomó.
De repente, la música pareció cambiar. Las sombras comenzaron a bailar más rápido, y los niños, sin saber cómo, sintieron que sus pies se movían solos, siguiendo el ritmo.
—¡Esto es increíble! —gritó Lucas mientras giraba junto a una sombra que parecía disfrutar tanto como él.
Las risas y los pasos llenaron el gimnasio. Era como si las sombras y los niños estuvieran comunicándose a través del baile, compartiendo un momento único.
Pero entonces, Ana, siempre precavida, notó algo. —Chicos, miren. Las sombras están intentando guiarnos hacia la puerta trasera.
Todos se detuvieron por un momento, intercambiando miradas curiosas.
—¿Qué habrá allá afuera? —preguntó Sofía, un poco nerviosa.
Lucas, con su valentía de pirata, dio un paso al frente. —Solo hay una forma de averiguarlo. ¡Sigámoslas!
Y así, con las sombras liderando el camino, los niños cruzaron la puerta trasera, listos para descubrir qué misterio aguardaba más allá. La sombra que se había adelantado comenzó a cambiar de forma, creciendo y encogiéndose al ritmo de la música, hasta que finalmente se estabilizó en una figura más definida. Entonces, la sombra se presentó como los Silfos de la Noche, criaturas del reino de las sombras y la música.
—La música nos conecta —dijo uno de los Silfos, mientras su figura danzante se deslizaba entre ellos.
Entraron de nuevo en el gimnasio y los niños comenzaron a moverse junto a las sombras. Marta reía mientras intentaba copiar los giros imposibles de su sombra compañera, y Diego, con sus pasos torpes, consiguió arrancar risas tanto de sus amigos como de los Silfos.
—¡Esto es increíble! —exclamó Sofía, siguiendo un movimiento que parecía una mezcla entre flotar y volar.
Los Silfos parecían llenarse de energía con cada nota de música, sus formas volviéndose más vivaces y expresivas. Los niños aprendieron pasos que nunca habían imaginado, sintiendo que formaban parte de algo mágico.
Conforme avanzaba la noche, el gimnasio de Vallequieto vibraba con una energía única. Los niños y los Silfos de la Noche parecían formar un solo equipo, uniendo mundos a través de música y baile.
Lucas, satisfecho con cómo las cosas estaban saliendo, se acercó al Silfo líder. —¿Esto significa que podemos ser amigos para siempre? —preguntó con entusiasmo.
El Silfo inclinó su figura, como si sonriera. —Mientras haya música, alegría y curiosidad, nuestros mundos siempre podrán encontrarse.
Cuando la música finalmente disminuyó, los Silfos comenzaron a retirarse hacia las esquinas del gimnasio, deslizándose suavemente como si fueran parte del aire.
—¿Volveremos a verlos? —preguntó Sofía, con un toque de tristeza en su voz.
—Si nos llaman con su alegría, estaremos aquí —respondió el Silfo líder, antes de desaparecer con los demás en la penumbra.
Con esa promesa resonando en sus corazones, se dispersaron lentamente, dejando atrás el gimnasio ahora silencioso, llevándose con ellos los recuerdos de una noche que esperaban con ansias revivir el próximo año.
FIN